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Sep 11

Ugg 46 rue du four

Lo de las rotondas canberranas es una obsesión muy extendida entre los demás australianos, que suelen tirar rápidamente de ese tópico y de la hiperpoblación de burócratas y políticos cuando quieren menospreciar su capital, pero no solo los vecinos maliciosos difunden impresiones negativas de la ciudad. El escritor estadounidense Bill Bryson, que dedicó un libro a Australia, se despachaba así: «Mi único consejo, si vais alguna vez a Canberra, es que no dejéis vuestro hotel sin un buen mapa, una brújula, provisiones para varios días y un teléfono móvil con el número de un servicio de rescate. Yo caminé dos horas por barrios verdes, agradables, interminablemente idénticos, sin la seguridad de no haber estado dando vueltas en un gran círculo». Eso sí, lo que nadie discute a Canberra, aunque haya tenido un peso menor en la clasificación de la OCDE, es ese privilegio de la naturaleza que rodea la ciudad y se cuela con audacia en su interior: nunca se llegó a cumplir el plan de los Griffin de cubrir de flores de distintos colores las colinas que rodean la ciudad, pero panorámicas como la de Tidbinbilla nevada no dejan indiferente a nadie.

Canberra. Como ciudad para divertirse no me gusta, pero… ¡llevo viviendo casi 45 años en ella! Canberra es una ciudad cómoda y poco complicada, buena para crear una familia y todo lo que eso conlleva. Pero también se suele decir que es una ciudad sin alma: todo es previsible, no estimula la imaginación sino la continuidad de la rutina», reflexiona el malagueño Juan Rodríguez, que preside el Consejo de Residentes Españoles de Canberra. Juan se jubiló hace un par de años de su último empleo, como educador en una escuela secundaria, y antes estuvo trabajando de funcionario del Gobierno australiano durante dos décadas: fue, por ejemplo, gerente de su pabellón en la Expo 92. Ahora vela por los intereses de la colonia española en Canberra, unas 1.100 personas que han ido llegando desde finales de los 50: últimamente anda muy preocupado por el problema de los emigrantes de primera generación, a quienes la vejez borra muchas veces de la memoria el poco inglés que aprendieron.

Juan relativiza la fama de ciudad cara que arrastra Canberra: «Lo es con respecto a ciudades europeas, pero no tanto con respecto a otras ciudades australianas. Hay que tener en cuenta que tiene el sueldo medio más alto de Australia: un profesor de secundaria con, digamos, siete años de experiencia cobra unos 60.000 euros al año. Un café cuesta unos tres euros y una casa normal en un barrio normal sale por más de 300.000». Y destaca la renovación continua de la población: «Aquí todo el mundo es nuevo, Canberra sigue atrayendo a personas de fuera».Una de esas personas es Macarena de la Vega, que todavía contempla la capital con los ojos ávidos del recién llegado. La joven madrileña se estableció allí hace dos meses, para hacer su tesis de Historia de la Arquitectura en la Universidad de Canberra. Está viviendo en el barrio de Belconnen, en casa de una chica de Tasmania que trabaja de funcionaria y le cobra unos 500 euros al mes, y ya ha descubierto algunas maravillas inesperadas de su nuevo entorno: «Lo que más me gusta es poder ir a la Universidad y a casi cualquier sitio andando y encontrarme canguros que comen césped tranquilamente. La naturaleza invade la ciudad y se puede salir de casa con las botas puestas y andar por reservas naturales y alrededor de los lagos artificiales. Es cierto que es una ciudad que se nota nueva, artificial y, en definitiva, poco ‘ciudad’ y mucho menos capital, por lo menos a ojos de una madrileña».