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Sep 29

Uggsy bogues altura

El inesperado éxito de este filme de bajo presupuesto llevó a Leone a construir un poblado y repetir fórmula con ‘La muerte tenía un precio’ y ‘El bueno, el feo y el malo’. Resultaron un bombazo y, aunque la crítica yanqui dio a estos émulos de sus clásicos el nombre despectivo de ‘spaghetti’ –los interiores se rodaban en Cinecittà–, Leone tuvo multitud de seguidores: en los años siguientes se levantaron otros siete platós en los alrededores, recreando poblados de frontera, pueblos mexicanos, haciendas y ranchos, para acoger unas 200 producciones tanto europeas como americanas.«El paisaje y el clima fueron la clave», asegura el historiador José Márquez. Los 280 kilómetros cuadrados del único desierto de Europa, que hace diez millones de años era el fondo del Mediterráneo, están encajonados entre cuatro sierras –Nevada, Filabres, Gádor y Alhamilla–, por lo que apenas reciben lluvia. Más de 3.000 horas de luz garantizadas al año permiten a los equipos rodar más rápido, sin los incómodos –y caros– parones que imponen las inclemencias meteorológicas.

Hay otra razón. «En los años 60 la mano de obra en España era mucho más barata que en Italia, Alemania o Estados Unidos», recuerda el escritor de cine Juan Gabriel García. Y más en Almería, una de las provincias más pobres del país, antes del boom del turismo y la agricultura bajo plástico.«Aquí todo el mundo de mi edad para arriba ha trabajado en el cine –explica Diego García, de 57 años, uno de los 97 currantes del parque Oasys, que reúne el poblado vaquero, piscinas y una reserva zoológica con 800 animales–. Yo empecé de extra de crío, con los caballos. Las familias nos dejaban faltar al colegio encantadas porque se pagaba muy bien, mejor que ahora». Por edad, García no coincidió con aquella primera generación de actores –Henry Fonda, Charles Bronson, Eli Wallach, Gian Maria Volonté, Fernando Sancho, Franco Nero o Claudia Cardinale–, pero sí apareció en producciones posteriores, como ‘Al este del oeste’, de Mariano Ozores, o ‘Trinidad y Bambino’, última de la famosa saga de Bud Spencer y Terence Hill.

Aquellos rodajes eran auténticas torres de Babel, ya que al tratarse de coproducciones había que contratar a actores y técnicos de los diferentes países. En su libro ‘Almería, plató de cine’, Márquez recuerda que Clint Eastwood –hasta entonces «un perfecto desconocido» al que Leone eligió, sobre todo, porque era barato– encontraba surrealistas aquellos diálogos que mezclaban inglés, alemán, español e italiano: «En Almería nadie le entendía: pedía una ensalada y le traían un helado».